Jabanquijija: Comenzar de nuevo siempre que haga falta

  • Rosa Álvarez Álvarez, o Jabanquijija, recibirá el Premio Nacional al Patrimonio Cultural Inmaterial Emilia Prieto, el 11 de marzo, en la ceremonia de gala de Premios Nacionales de Cultura, en el Teatro Nacional

CULTURA | Según investigaciones de la Universidad de Costa Rica, el pueblo malecu o maleku, está constituido por entre 500 y 600 personas cuyo territorio histórico se ubica en los alrededores del Río Frío, en el cantón de Guatuso, provincia de Alajuela. Están distribuidos en tres poblados llamados “palenques”: El Sol, Margarita y Tonjibe; Jabanquijija vive en este último, rodeada de vacas, perros, gallinas y artesanías hechas por sus manos.

Dotada de una angelical o bonachona sonrisa -como se quiera ver-, esta mujer indígena de 59 años tiene una vida sencilla que transcurre entre las labores del campo, con el cuido de unas cuantas vacas, la elaboración de sus artesanías para la venta y los espacios que comparte con otras personas de su comunidad en ocasiones como la pesca, festividades y otras.

Una vida, que, aunque pareciera simple, está plena de significados y valores culturales ancestrales, por ejemplo; ella es una de las personas malecus que hablan con toda propiedad su lengua materna, el “malécu jaíca”, perteneciente a la familia lingüística chibcha, misma que va perdiendo su uso en las personas más jóvenes de su comunidad.

“Mi nombre es Rosa Álvarez Álvarez, aunque mi verdadero nombre es Jabanquijija en mi idioma malecu, y con el que me identifico. Soy de las señoras que me gusta hacer de todo un poquito y más cuando tiene que ver con mi pueblo y mi cultura como indígena que soy, digo yo que, al cien por ciento. Aquí viví, aquí crecí, aquí hice todo”, mencionó con orgullo cuando fue entrevistada a raíz de su postulación para el Premio Nacional al Patrimonio Cultural Inmaterial Emilia Prieto Tugores 2023.

Y sí, en ella es posible reconocer un conjunto de valiosas manifestaciones culturales que, además de la salvaguardia de su lengua nativa, se relacionan con otros ámbitos del patrimonio cultural inmaterial, como tradiciones y expresiones orales; artes del espectáculo; usos sociales, rituales y actos festivos; conocimientos y usos relacionados con la naturaleza y el universo; así como la práctica de diversas técnicas artesanales tradicionales. Todas estas razones por las que Jabanquijija es la ganadora del Premio Nacional al Patrimonio Cultural Inmaterial Emilia Prieto 2023.

“Yo vivo de una pensión que me da mi hijo y a veces hago presentaciones para turistas, porque con una pensión no se vive”, comentó. “Me gusta trabajar, yo no soy vaga, tengo una parcelita en la recuperación de territorio, donde quiero sembrar 500 matas de achiote y mil arbolitos, porque estos productos son muy importantes para nuestra cultura. Tiene plátano y pejibaye, aguacate y árboles nativos”.

Además, ella siempre ha trabajado con el barro, ha hecho ocarinas, ceniceros, floreros, maceteros y dice siempre estar anuente a enseñarle a los demás.

“¡Diay! habiendo campo y personas yo voy a enseñar con todo gusto, porque no soy egoísta, porque es bueno que aprendan para que siga la cultura”, expresó. “Porque hay muchos que saben de historias y dicen que prefieren llevárselas cuando se mueran, antes que compartirlas; yo, en cambio, prefiero compartir lo poquito que sé de historias, porque así va a seguir viva mi cultura”, recalcó.

Una historia de vida difícil pero victoriosa. Jabanquijija comentó que en la cultura maleku, cuando ella era una niña, los varones podían llegar y pedir a alguna de las hijas para casarse. “Así fue que el papá de mis hijos le dijo a mi mamá que quería que le entregara a esa hija, a mí. Yo tenía 13 años, y yo lloraba, pero no había nada que hacer”, comentó. Su historia la quiere dar a conocer.

Como a mí me mandaban al monte y a sembrar, entonces no sabía nada de cocina, no sabía ni chorrear café y fue ahí donde empezaron los golpes, los jalones, y todo. Yo le decía a la gente que cargaba una espina que no sabía cómo sacarla, porque aquello era un dolor para mí como mamá, porque incluso con cinco meses de embarazo, mi marido me llevaba a las cosechas de aguacate y si no me subía a ayudarle y a decirle cuáles aguacates bajar, él me golpeaba con lo que encontrara y por eso tuve a una niña sin vida -pero yo soy una mujer valienta y yo dije que iba a salir adelante-. Yo sentía en mi ser como que aquella carga que yo tenía, yo ya no la cargaba, y ahora cuento todo eso como testimonio y siento paz y tranquilidad”, expresó.

Víctima de la violencia de género desde una corta edad, Jabanquijija encontró en el barro una forma de reconstruir una pieza de cerámica y reponerse.

“Cuando yo me ponía a hacer barro, yo me olvidaba de todo, porque uno se concentra y más cuando uno lo trabaja en grupo. Las muchachas me decían: “Rosa: ¿qué si esto está bien?”, porque me veían como una maestra, entonces uno se relaja y comparte el conocimiento. A veces yo veía que una pieza estaba mal, entonces yo la aplastaba y la persona decía: “Pero, ¿qué hizo?” y entonces la empezábamos a hacer toda de nuevo, juntas. Yo decía: “es que le falta el tas-tas, ocupa el tas-tas”. Para mí el “tas-tas” es desaparecer la pieza aplastandola y después el que la aplastó se compromete a reconstruir la pieza, pero con mejor técnica, y yo le ayudo, y salen cosas mejores, porque el barro es así, es algo que permite comenzar de nuevo siempre que hace falta”, comentó.

Dentro de sus amplios saberes, además de la cerámica en barro, también está la elaboración de jícaras, jícaras sin cegueta como le enseñó su madre, pascones para colar y guacales. “Pero como hoy no hay maíz ni pejibaye, ya casi nadie hace chicha, pero yo aún sé, aunque todo mundo se ha ido quitando esa tradición”, lamentó.

“También hago palos de lluvia y maracas para hacer música, y pinto en lienzo porque recibí un curso para pintar. ¡Imagínense! hasta viajé a Suiza con los profesores de ese curso en el 2015, para exponer las obras de mis historias. Es que yo pinto historias que me sé, historias indígenas para poder hablar de ellas y compartirlas. Esa vez pinté la historia del ‘Maliupupa’, todo lo poquito que sabía yo quería mostrarlo, yo quería relatar la historia con cada cuadro”.

Y continúa: “Pero no solo esas historias cuento, también he podido contar mi historia en las pinturas y las artesanías que hago. Es que yo pensé: ¿cómo puedo contar mi historia, de toda la violencia que yo sufrí para que otras no la vivan? Entonces hice la pintura llamada: El aborto.

Dicen que cuando una mujer abortaba en la cultura nuestra -ya eso la gente no le importa ahora, pero pongámosle 10 o 15 años atrás-, así fuera por culpa del marido, pasaba a ser una mujer inmunda. Yo no le hablaba a nadie, yo no podía pedir ni un bocado a nadie, ni ofrecer comida a nadie, solo a mi pareja e hijos. Porque decían que uno está recién mejorada, entonces no le comen la comida, porque dicen que aquella persona no se llena rápido si comiera de la comida de la mujer que abortó o que se mejoró. Pero entonces tampoco me daban comida y era injusto.

Yo hice una pintura para contar eso, porque fue muy duro, fue muy duro. Porque él era muy machista, a él no le importaba si yo estaba embarazada o enferma. Yo les decía a mis hermanos que él no me pegaba, para que él no me pegara, pero aun así siempre me violentaba.

Entonces yo pinté una mujer, que iba al monte a parir, porque en aquellos tiempos las mujeres parían en el monte, no en casa, ni en el hospital. ¡Ay, es que uno como mujer las luchas que pasa! una se siente indefensa y la gente no hace nada por defenderlo a uno. Y muchas veces yo decía: ¿por qué alguien no llama a la policía, por qué nadie hace nada?

Cuando dijeron que la igualdad y que las mujeres teníamos derechos, yo le decía a la gente que por qué esa ley no llegó antes, como en los 80, para que yo me defendiera y no llevarme tanto golpe y tanta paliza. Es que fue tanta lucha que yo pasé que yo le digo a mis hijas que, si el palo de mango de aquí hablara, diría que una vez les dio a mis hijos almuerzo, desayuno y cena con sus frutos. Es que antes, en mi cultura y en todo el país, había libertad de maltrato, ¡pero ahora no y eso hay que mostrarlo en el arte de uno!

Ya los años se lo comen a uno, ya la fuerza que tenía yo antes para picar leña, para hacer todo, ya no está. Hoy por hoy me quiero cuidar, así es, por eso me he dedicado más a mi cultura y a mi vida desde que me liberé de todo eso”, concluyó.

Jabanquijija: mujer maleku, artesana, practicante de su lengua nativa, trabajadora del campo, pescadora, narradora y pintora de historias indígenas, conocedora de vestimenta, comidas y artefactos e instrumentos tradicionales de su cultura, ganadora del Premio Nacional al Patrimonio Cultural Inmaterial Emilia Prieto 2023; pero, sobre todo, una mujer valiente, una que rompió el ciclo de violencia, resiliente. Una mujer que, cual pieza de barro en elaboración, luego de ser destruida en el proceso, fue capaz de reconstruirse en su mejor versión, porque, como ella bien dice: “hay que comenzar de nuevo siempre que haga falta”.

Maliupupa, historia narrada por Jabanquijija: Dicen que un día, se fueron varios hombres de pesca, llegaron al lugar que era hermoso y muy lejos, hicieron el rancho, buscaron el río y encontraron una poza hermosa y empezaron a pescar. Pero dicen que en aquella poza había un gran remolino con una “pupa”, un jícaro, en el puro centro. Y dicen que era la jícara más preciosa que habían visto, era como si le hubieran puesto barniz, porque era toda brillante. Entonces, uno de los hombres la vio y dijo:

-Esa jícara es mía, en esa voy a tomar-. Se emocionó y solo eso decía.

-No, estamos en un camino lejos, la familia está esperando, no hay que agarrar esa jícara- Le advirtieron los demás y le dijeron que no podía.

Pero el hombre se tiró al agua y la agarró. Y nadie lo tocó, era solo él, porque la gente sabía que si lo tocaban era un riesgo. Ya en la noche todos se fueron a dormir y el hombre que agarró la jícara durmió en el medio, pero nadie se dio cuenta cuando el hombre fue arrastrado al río.

Los amigos escucharon un retumbo, y un rugido que retumbaba la tierra. Algo sonaba, se levantaron y buscaron al hombre que ya no estaba, corrieron a buscarlo, y ahí estaba, en medio del río en la poza donde había agarrado la jícara.

El hombre estaba en la boca de un lagarto que lo tenía agarrado y estaba con el jícaro en la mano. Los malecu tiraban flechas para el lagarto, pero no lo tocaban, las flechas se desviaban y le daban al hombre.

-Ya no me tiren porque me van a matar y ya estoy en la boca del lagarto-, les dijo el hombre. -Más bien por desobediencia agarré la jícara tan preciosa, por como brillaba, pero nunca me imaginé lo que iba a pasar-.

Antes de sumergirse él les contó todas las historias que sabía, los consejos que le quería mandar a su familia, pero, sobre todo, que cuando anden lejos nunca toquen lo que les dicen que no se puede. Y cuando terminó de hablar, el lagarto se consumió con él y nunca más volvió.

Ellos llegaron al pueblo y contaron lo que el finado dejó dicho. ¡Y bueno!, esta historia se llama “Maliupupa”, porque “Maliu” es una palabra muy sagrada y “Pupa” es jícara.

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