Redención: la historia de un hijo del diablo

Redención: la historia de un hijo del diablo

 El personaje: Eca Gutiérrez

A simple vista, Víctor “Eca” Gutiérrez, pareciera un vendedor de chances más, conocedor de los números y el azar y que se confiesa orgulloso, un hombre de palabra y de carácter fuerte, aunque el tiempo y su Dios se han encargado de amansarlo.

Nadie podría imaginar que Eca guarda una historia que comenzó a escribir con odio y violencia, cuando por años fue uno de los Hijos del Diablo de la antigua Penitenciaria Central, pero que ahora ha renacido de sus propios escombros ha cerrado ese capítulo oscuro.

Su infancia la califica sin titubeos como terrible, marcada por los maltratos de su padre alcohólico y la pobreza en la que vivían él y sus once hermanos.

A los ochos años era todo un líder en la escuela de ahí que su maestra le pusiera el monte de ECA que son las iniciales que llevan en el uniforme los estudiantes de la Escuela Central de Atenas, porque lo consideraba el dueño de la escuela.

Y a esa edad recibió la sentencia de su padre de abandonar su casa, a causa de su mal comportamiento y fue el orgullo el que no lo hizo volver.

“Mi mamá no quería, porque decía cómo me iba a echar con ocho años pero mi papá dijo, déjelo de por sí no llega ni a la esquina…y si llegué, duré 42 años en volver”.

Así se estableció en el corazón de San José, ya no como Victor, sino como Gerardo Castro, las calles se convirtieron en su nueva casa y se iniciaría como delincuente juvenil, comenzando con robos, como una forma de sobrevivir y después con la venta de droga.

“Yo dormía en las aceras en cartones cubierto con periódicos, a mí nunca nadie me buscó, dieron por un hecho que desaparecí para la familia. Yo me crié en la calle, entre el reformatorio y la calle.”

Don Víctor, achaca al hambre, el frío y las necesidades de una vida callejera a dar el paso a la venta de marihuana con tan sólo nueve años y según sus palabras, fue su compañera de toda la vida.

Poco a poco ese niño se fue endureciendo y se tragaba todo el odio, el resentimiento y el rencor que tocó su punto crítico con la muerte de su madre quien apenas tenía 32 años y quién era la persona que más amaba y que ha sido lo más difícil que le ha tocado vivir, me confiesa después de breve silencio.

Es así como empezó a sentir odio por su pueblo, por su familia y por Dios, convirtiéndose en una persona muy violenta, declarado neurasténico por el ex presidente Abel Pacheco, quien iniciaba su carrera como psiquiátrico en el Reformatorio.

Siendo adolescente, emigró a Cartago y comenzó con la venta de marihuana que lo hizo ganar reputación y que pronto lo posicionaría como la cabecilla entre los demás jóvenes que se dedicaban a lo mismo.

Uno de los capítulos más famosos entre las personas que han escuchado su historia, es cuando vivió en una cripta en el cementerio de Cartago, que compartió con la madre de sus dos hijos, quién era una colegiala de apenas 13 años.

“Un día me venía siguiendo La Guardia yo me metía al cementerio de Cartago, me recosté a una puerta de una bóveda grande y se abrió la puerta y volví a ver para adentro y todos los nichos estaban vacíos y dije, mire que lindo una casita.”

Fue así como trasladó su negocio al nuevo local y con quince años se fue convirtiendo en una persona poderosa gracias al dinero que dejaban las drogas, tanto que para esos tiempos lucía cadenas y anillos que sus compradores se robaban de sus propias casas para canjearlas por drogas, al mejor estilo de Mario Baracus, según me confiesa con una risilla picarona.

El cementerio se fue llenando de muchachos drogadictos por lo que alguien se le ocurrió que la solución era poner una casetilla de teléfono al frente y que para Don Víctor representaba una amenaza para su negocio, por lo que decidió botarla.

No fue la venta de drogas ni los robos, fue ese simple delito de botar una caseta telefónica, el que lo llevó a la cárcel de Cartago.

“Ahí la muchacha llegó (a la cárcel de Cartago) y me dejó los dos chiquitos y me dijo que ya venía que iba al baño y aquí la estoy esperando todavía.”

Al verse con sus dos hijos, el mayor con un año y el pequeño de dos meses, no tuvo alternativa más que cederle a la abuela materna, la custodia y hacerle la promesa de que nunca más los volvería a molestarlos pero con la única condición que no les cambiaran los nombres ni el apellido: Víctor y Gerardo Gutiérrez.

Una vez en la cárcel, el juez dictó la sentencia: debía pasar dos años en la tristemente famosa Penitenciaría Central de la que se hablaba de las peores atrocidades llevadas a cabo por los convictos.

Fue un veredicto inapelable, pues según Don Víctor, en ese tiempo no había defensa, a nadie le importaban los abogados, se hacía lo que el juez mandara y punto.

En 1968 con dieciocho años ingresó a la Penitenciaría, donde los demás reos lo veía como un pedazo de carne fresca y en donde la única forma de sobrevivir era ser más malo que los malos.

Cundo cruzó las puertas ya no era Víctor Gutiérrez, sería conocido en aquel mundo como Gacilla y así sería hasta que regresó a su pueblo natal 42 años después, cuando volvería a ser el dueño de la Escuela Central.

“Habían dos caminos: uno era llegar y casarse con un mae y el otro era tratar de defenderse. Para ser alguien ahí usted tenía que por lo menos matar a alguien, yo me vi en la obligación, yo maté a tres dentro de la Penitenciaría.”

Esa condena de dos años fue creciendo por la acumulación de delitos que cometía tras las rejas y que alcanzó los 68 años de los que descontó 27 en diferentes cárceles, incluida la Isla San Lucas de la que se fugó y desmiente categóricamente el relato de la Isla de los Hombres Solos de José León Sánchez a quién conoció.

En 1974 conformó la cuadrilla, según la jerga de los reos, de los temidos Hijos del Diablo, junto con los presidiarios más desalmados y que descontaban penas mayores.

Conocidos únicamente con sus sobrenombres: Girón, los conocidos Pico e’ Lapa y Caballón, Carlos el Asesino, Seis dedos, Villo, Jovel, Salomón, Taralaila, Patón y el Nica y Gacilla quien completó la docena del diablo.

Sus nuevos compañeros realizaron su propio pacto de sangre y elaboraron su propio código que se basaba en la premisa: “muerte a los traidores” y eso suponía eliminar a quien se atreviera a delatar cualquiera de sus delitos.

A pesar de las desventajas de estar preso, Don Victor logró montar su propio imperio de drogas dentro de la Penitenciaría gracias a los contactos fuera de ella y con la complicidad de algunos guardas.

“Me convertí en un magnate de la droga, llegó un momento en que no había droga en San José y la gente llegaba a la cárcel a comprarme droga, después en 1976 llegamos a la Reforma y ahí me convertí en una potencia más grande porque fui uno de los primeros en Costa Rica en aprender a cocinar piedra (cocaína) yo era una persona que tenía dos, tres millones en cárcel.”

Después de casi treinta años tras las rejas, en 1995 vino por fía el día de la libertad, así Don Víctor empezó a idear formas de sobrevivir que lo llevaron a los mares de Chile donde un tiempo se dedicó a la pesca que le dejaba buenas ganancias que le dejaron varios amores fugaces en el Puerto de Puntarenas que lo dejaron apenas se acababa el dinero.

Así fue a dar al Infiernillo de Alajuela en donde volvió al negocio de las drogas y calló en una fuerte adicción a las drogas y el alcohol que lo convirtió en un hombre harapiento que lo hizo vagar por las calles de nuevo por dos años.

En esas condiciones decidió volver al mar a pescar, por lo que se fue caminando hasta Puntarenas caminando para ahorrarse los pasajes y fue así como se quedó tendido sobre las vías del tren en Río Grande en su Atenas natal.

Después de este episodio fue a dar a la Guardia Rural en donde lo reconocieron por su pasado criminal, por lo que lo dejaron en libertad y fue la oportunidad perfecta para desquitarse con aquel pueblo, por lo que comenzó a atemorizar y asaltar a los vecinos.

El cambio vendría de la forma más inesperada, de la mano de un amigo suyo quien tenía una soda en el Mercado y que le ofreció un trago con la condición de que lo acompañara a una reunión de la Congregación de los Hombres de Negocio que aceptó a regañadientes.

Como Eca es un hombre de palabra y por una artimaña del tiempo, llegó a tiempo justo para la reunión en la que escuchó el testimonio de otros hombres a lo que se mostraba escéptico.

Con todas sus harapos y su mal olor, se unió a un círculo de oración en la que para terminar la reunión, debía hacerle una petición a Dios, por lo que para que la cosa llegará a su fin y a pesar de que no creía en Él, le lanzó un desafío: “Que se me quiten las ganas de tomar guaro y de fumar drogas.”

Y sin más explicación que los planes divinos de su Dios, Víctor Gutiérrez comenzó su transformación, que lo llevó a alejarse de los vicios, a realizar Seminarios de Sanación y que complementó con charlas sobre su testimonio dentro y fuera del país.

Ahora se considera un hombre nuevo, “el Lázaro del 2001”, disfruta su vida plenamente, se da sus gustos y dice haber cambiado todo el odio y el rencor por amor y serenidad, rodeado de las amistades y el cariño que nunca tuvo y entre sus planes está la construcción de un convento en Cartago para terminar su vida en paz.

-Don Víctor, ¿usted puede decir que existen las segundas oportunidades?

-¡Segunda y tercera! Cobarde no es el que cae, yo caí muchas veces, cobarde es el que no se levanta.

-¿Se arrepiente de algo?

-Es que yo no tengo nada de que arrepentirme, porque ya alguien pagó por mí, Jesús pagó por mí con su sangre en la Cruz, me arrepiento si hago algo ahorita, de mi pasado no me arrepiento, si uno hubiera sino ese mi pasado, yo no la hubiera conocido a usted y sobre todo no hubiera conocido a Dios.

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