“Felices para siempre”

El reloj marcó las 5:00AM, Sonia aferrada a la almohada permanecía inerte tendida sobre la cama, luego de lo que pasó la noche anterior no quería moverse, cada parte de su cuerpo marcado con hematomas le gritaban en silencio para que pasara desapercibida. No quería hablar ni respirar, solo quería desaparecer de aquel cuarto frío lleno de recuerdos hirientes que quebrantaban su corazón inquebrantable. Con sus ojos cerrados como dos candados sin abrir desde años escuchaba a su príncipe azul, Juan, chorrear el café, ponerse los zapatos y alistarse para ir a su trabajo en San José. Ella solo esperaba el momento perfecto para al fin escapar de aquel infierno al que estaba encadenada desde hace ya mucho tiempo.

FELICES PARA SIEMPRE

Juan abrió la puerta, miró el cuarto y no quiso despedirse de Sonia, no querría hablarle, ya era costumbre al fin y al cabo. Entonces decidió marcharse le esperaba un largo día después de todo. Tras cerrar la puerta, nunca imaginó que sería la última vez que vería a Sonia, y para ella la última vez que Juan la dejaría tendida en el suelo, sangrando, en aquella casa de San Juan de San Ramón, su primer nidito de amor.

Con el primer rayo de sol y el ruido del motor del carro de Juan alejándose, Sonia abrió despacio sus ojos, aquellos ojos tristes que no dejaban de doler de tanto llorar. Tras levantarse, hizo la cama como siempre, ordenó algunas cosas y se dirigió al closet de donde sacó aquella vieja maleta que compró hacía mucho tiempo atrás para el viaje que tanto quiso hacer pero que nunca sucedió y que se conformó ir en algunas ocasiones a la plaza del barrio. Cómo imaginarse en aquel tiempo que esa misma maleta viajaría llena de recuerdos hacia lo que ella sabía sería un mejor destino.

Mientras la llenaba, sus pensamientos empezaron a dar tumbos por su mente, que si esto que si aquello, pero no le importó, ya no lloraba, era otra, estaba decidida a ser libre. Recordó las tantas veces que se lo contó a su madre, y esta le dijo que estuviera tranquila, que son cosas que pasan, pero que con el tiempo cambian, que hay que aguantar y ser valientes, que Dios al final de todo se encarga, que el tiempo todo lo cura.

Dos años antes su hermana Laura había secado sus lágrimas y curado sus heridas, al tiempo que le pedía que no lo denunciará para no causarle traumas a su pequeño Emanuel, y por qué debía de hacerlo si su inconsciente estaba consiente de aquella frase que les decían desde niñas “Los que se pelean se gustan”, así que decidió callar.

De pronto algo se cayó de entre la ropa, al recogerlo vio que era una foto vieja, un poco descolorida, casi tanto como su vida hasta ese día. En la foto se veía a una pareja feliz, brindando con champaña, una pareja joven, recién casada celebrando en el salón comunal de San Juan el día de su boda. No le tomó mucho tiempo reconocerse y transportarse hasta aquel día, hace ya tantos años. Mientras sostenía la foto se recordó a sí misma frente al altar del Templo Parroquial de San Ramón vestida de blanco, cubierta bajo un velo larguísimo de tul cumpliendo su sueño, casándose con aquel su hombre perfecto, con el que sabía que sería feliz para siempre.

Juan no siempre fue una mala persona. Sonia tuvo señales pero estas eran opacadas por un “ah, es que él es así, todo está bien” “Es normal que salga con sus amigos y llegue tomado”. Hasta que uno de tantos días Juan llegó a casa después de visitar Cucos Bar, como de costumbre pasado de tragos, pero esta vez traía lápiz labial en el cuello de su camisa y un perfume en su cuello que Sonia no conocía, era dulce, era diferente.

Hacía mucho tiempo que Juan no le regalaba flores, ya no tenía detalles para con ella, algo no estaba bien. Sonia enloqueció, y al reclamarle, Juan la miró y cínicamente le contestó: “Peleé con un payaso y por eso vengo pintado, ya déjeme tranquilo, estoy cansado y quiero dormir”. Sonia cayó al suelo derrotada, sabía que ese era el fin, pero ella lo amaba y estaba dispuesta a dar lo que fuera con tal de recuperar a su hombre.

La noche siguiente Sonia se arregló lo mejor que pudo, preparó la comida preferida de Juan, hasta puso unas velas que le compró a la señora del mercado que todos los martes llegaba con velas aromáticas, dizque para relajar el ambiente, esa noche le diría que estaba embarazada.

Juan llegó a casa, y de inmediato, al recibirlo pudo sentir aquel mismo aroma, dulce y empalagoso, pero lo ignoró, nada podía separarla de la felicidad de la noticia que tenía en la punta de la lengua, ahora sí seremos felices para siempre, pensó.

Ella empezó:
-¿Qué tal tu día?-
Juan: -Bien-
Ella -¿Así nada más?-
Juan: -¿Qué diablos quiere que le diga? Todo bien y ya, por cierto así no es como me gusta esto, mi mamá le daba mejor sazón, debería preguntarle la próxima… ¡Ah cómo extraño su comida!
Sonia tragó grueso, era mucho para ella, pero tomó aire y aún sonriendo lo miró tiernamente.
-¿Qué le pasa? Perdón si no le gustó, pero es la verdad- Dijo Juan después de limpiarse la boca y tirar la servilleta de seda contra la mesa y apartar el plato del frente aún sin terminar.
-¿Te acuerdas cuando éramos novios?, me decías que querías tener hijos, tener una familia grande, y ser feliz. Perdóname Juan por no ser la esposa que esperabas pero te prometo que eso va a cambiar. Quiero hacerte feliz- Dijo Sonia, con los ojos llorosos, pero llenos de ilusión, mientras trataba de alcanzar las manos de Juan sobre la mesa.
Juan quitó las manos, y dijo:
-Eso fue hace mucho tiempo ya. Sonia, ¿Por qué no me dice de una maldita vez qué carajos quiere?, a ya sé es plata cierto, siempre es plata verdad-
-No mi amor- dijo con vos bajita Sonia -Quiero hacerte el hombre más feliz y completo…- Hizo una pausa y se lo dijo:
-…¡Juan, vas a ser papá!-
Él no dijo nada se quedó mudo, y hubo un silencio tan grande que hasta el viento afuera se detuvo. El reloj en la pared de la sala podía escucharse. Sonia lo miraba, esperando una reacción, pero nada.
Tic, toc, tic, toc… nada. Hasta que de pronto, Juan abrió su boca lentamente y dijo lo primero que se le vino a la cabeza:
-Pero, ¿Usted está loca, cómo se le ocurre, en qué estaba usted pensando?-

Sus ojos estaban rojos, las venas de su cuello resaltaban, tiró cuanto había sobre la mesa al suelo. De nada valió que Sonia le pidiera que se calmara, estaba fuera de sí, poseído por Dios sabrá qué demonios. Se abalanzó sobre ella y empezó a golpearla mientras que le gritaba que ella era una cualquiera, que ese hijo no era de él. Sonia se cubría el estómago, debía proteger el bebé aún a pesar de ella…

Juan finalmente terminó su brutal castigo, le escupió a su mujer tirada en el suelo y le dijo, me das asco, mientras se retiró al bar.

Fue así como al día siguiente Sonia, entre muecas que simulaban sonrisas, le contó a su mejor amiga Ana lo torpe que había sido por querer cambiar una bombilla y caerse de las escaleras. Ana no le creyó pero lo dejó pasar, hasta que un día, la visitó de sorpresa solo para descubrir que Sonia tenia su cara, los brazos y la espalda llena de moretones.
-¿Y esto?- Preguntó asustada Ana

-Cambié todas las bombillas de la casa! mañana voy a la ferretería del centro, la que está por la parada, para comprar otros y cambiarlos- Respondió Sonia, mientras empezaba a llorar sin parar. Ana solo pudo abrazarla, y luego de calmarse un poco, le contó todo.

Para la psicóloga Yenny Arias romper con los ciclos de violencia se torna complejo porque la mayoría de veces siempre está mediando la manipulación por parte del agresor y este va a buscar alejar a su victima de su familia, sus amigos y de sus pasatiempos. Empieza hablándole mal, la minimiza y luego viene los golpes. “Te agredo, te hablo mal o incluso te golpeado pero después muestro arrepentimiento hago las cosas que te gustan hacer y así vuelvo a enamorar a mi pareja para que me perdone”.

Por otra parte, la víctima es una persona que tiene su autoestima muy dañada entonces será muy manipulable. Arias asegura que la sociedad ha normalizado el maltrato emocional, aunado a que la victima asume todas las culpas de lo que está viviendo y empieza a librar de responsabilidades al agresor. La agresión verbal está disfrazada, muchas veces empieza con la comparación de su pareja con otras personas o cuando la ridiculiza en publico, pero se ha normalizado de manera patológica y muchos hombres y mujeres no saben poner limites ante estas señales más que evidentes de un agresor en potencia.

Había pasado todo el embarazo encerrada, iba del Ebais a la casa y la casa al Ebais, Juan no estuvo presente ni siquiera la noche en que Emanuel nació, rompió fuente estando sola. Llegó a la sala de partos del Hospital Carlos Luis Valverde Vega sola, sola como todos los días. Juan estaba en el bar tomando con sus amigos y divirtiéndose con unas amigas, tenía su teléfono en silencio.

¡Esto debía acabar ya!

En Costa Rica desde el 2007, año en que se promulgó la Ley de Penalización de la Violencia contra las Mujeres, a lo que llevamos de este año se registra un total de 383 femicidios. Sonia no quería ser una más en lista interminable de mujeres asesinadas por su pareja o ex parejas.

Ana le dijo lo que tenía que hacer, ella le ayudaría, la sacaría de ahí de inmediato.

-Cuando Juan se vaya- Le dijo Ana -Vas a hacerte la dormida, vas a tomar las cosas que puedas llevar en una maleta, tomarás al bebé y yo te voy a estar esperando en la esquina de la plaza, a la par del bar y te voy a llevar a un lugar seguro-

Por la noche, Juan llegó del trabajo, su cara era la misma desde la noche en que se enteró del embarazo de su esposa, tosca, agresiva, arrugada.

Sonia se acercó, percibió por última vez el perfume dulce en su ropa, pero esta vez no le importó, y le dijo:

-Juan, yo me casé contigo porque te amaba y pensé que tu a mi, pero ha llegado el momento de amarme a mi…

Aún no terminaba cuando él sin mediar palabra la golpeó fuertemente en la cara y la arrojó contra la pared. Al verla en el suelo, sangrando, con la ceja rota, solo le dijo:

-Véase, a usted quién la va a querer, ni usted misma se quiere así toda gorda y fea, por mí, haga lo que le venga en gana- La pateó, y siguió a su habitación a dormir….

Sonia tiró la foto sobre la cama, agarró su maleta, tomó a Emanuel en sus brazos y cerró aquella puerta para siempre… ¡Ya era libre!

Corrió, a como podía corrió. Aquella calle que conecta el centro de San Ramón con Concepción se hizo eterna, si eran apenas unos metros, pero parecían eternos. Y ahí estaba Ana esperándola.

El sol se reflejaba tras de ella, apenas empezando a salir, subieron al carro y se fueron hacia el oeste para empezar de nuevo.

Sonia sabía, van a venir tiempos duros, pero mejores, quiso pensar en lo que haría Juan al llegar y no encontrarla en casa, pero ya no importaba. Ana había preparado un lugar para ellos dos, debía visitar a una terapeuta esa misma tarde, dar parte a la policía. Y lo hizo.

Sonia salvó su vida y la de Emanuel, ellos están bien. Pero hay un 37% de mujeres que según las cifras del ultimo año a la fecha no lo lograron escapar de su agresor. Resultaron muertas, en bolsas de basura, tiradas a un basureros, con una bala en la espalda o en la cabeza, acuchilladas por las manos de sus príncipes azules, los mismos con los que soñaron ser felices para siempre.

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