
Construida en Palmares a finales de la década de 1970, la propiedad conserva maderas preciosas, artesonados y acabados traídos de Europa y Estados Unidos.
Hoy, Paula Rodríguez reconstruye la historia detrás de una casa que muchos palmareños conocen por fuera, pero pocos han descubierto por dentro.
Anyelin Campos | acampos@elsoldeoccidente.com
Palmares. Durante décadas ha formado parte del paisaje de Palmares, muchos han pasado frente a ella, han observado su particular arquitectura o han escuchado hablar de Casa Blanca. Sin embargo, detrás de sus puertas permanece una historia que incluso para la propia familia comenzó a revelarse recientemente.
Grandes vigas y pisos de madera de Cristóbal, artesonados elaborados especialmente para la propiedad, piezas italianas y una arquitectura que buscó reinterpretar elementos de las antiguas casas costarricenses forman parte de una obra construida hace casi medio siglo y que hoy inicia una nueva etapa.
Al frente se encuentra Paula Rodríguez Carballo, palmareña de 26 años e hija de William Rodríguez Vega, “Seco”, el hombre que impulsó la construcción de la propiedad a finales de los años setenta. Paradójicamente, Paula creció entre esos espacios sin conocer completamente el valor de lo que tenía frente a sus ojos.
“Yo siempre la conocí como un hotel, realmente nunca tuve conciencia del negocio que era, ni de la belleza arquitectónica que tenía, porque solamente lo veía como el lugar donde vivía mi papá”, recuerda.
Una casa nacida entre la arquitectura y la amistad. La historia de Casa Blanca comenzó alrededor de 1979, cuando el sector donde fue levantada todavía estaba rodeado principalmente de potreros y paisaje rural.
Para entender su origen hay que remontarse algunos años y a una amistad nacida mientras William Rodríguez estudiaba Arquitectura en la Universidad de Costa Rica. Por medio de su amigo Raúl González Appel conoció al hermano de este, el arquitecto Manuel González Appel, quien regresaba de Brasil tras completar sus estudios en la Universidad.
William le confió entonces el diseño de su futura residencia. La formación de González Appel estaba marcada por la influencia de la arquitectura colonial portuguesa; sin embargo, para esta propiedad se planteó una residencia de lenguaje contemporáneo que incorporara la esencia de la arquitectura colonial costarricense, tomando como referencia, entre otros elementos, las tradicionales viviendas de Escazú de aquella época.
El proyecto no quedó únicamente en manos del arquitecto. “Seco” participó directamente en las decisiones relacionadas con planos, materiales, acabados y construcción. A ellos se sumó Carlos Enrique Rodríguez, conocido como “Calique”, reconocido maestro constructor de la zona, quien asumió la ejecución de la obra.
La relación entre los tres terminó convirtiéndose en una de las revelaciones más significativas que Paula encontró al investigar el pasado de la propiedad.“Descubrí que no fue solamente una casa grande que se quiso construir, sino que los tres fueron amigos cercanos y que fue el conocimiento, el esfuerzo y el buen gusto de los tres lo que creó una obra de arte, más allá que simplemente una construcción”, relata.


Materiales que cuentan otra época. Parte del valor de Casa Blanca permanece literalmente bajo los pies y sobre las cabezas de quienes ingresan. La propiedad conserva pisos y artesonados elaborados con madera de Cristóbal, una especie nativa de Costa Rica considerada madera preciosa y cuya tala fue prohibida en el país en 1996.
La búsqueda de materiales incluso trascendió las fronteras costarricenses. William Rodríguez y Manuel González viajaron a Estados Unidos para seleccionar productos y acabados que representaban innovación y calidad para la época. Otras piezas fueron importadas desde Italia, entre ellas cerámicas y artículos sanitarios. Algunos lavatorios todavía conservan manijas confeccionadas en piedra ónix italiana.
La mano de obra, entretanto, tuvo un marcado sello local: los trabajadores y artesanos que participaron en la construcción eran costarricenses provenientes de Palmares y comunidades cercanas. La casa quedó concluida aproximadamente en 1980.
William Rodríguez Vega falleció en 2019 y fue precisamente después de su muerte cuando surgió en ella la necesidad de reconstruir una historia sobre la que nunca había preguntado lo suficiente.
“Creo que la historia está viva solamente a través de las personas que la cuentan y la preservan. Mi interés de buscar más información sobre la casa nace a raíz de un dolor de no haber aprovechado más el conocimiento de mi papá en vida”, reconoce.
Sin documentos que contaran toda la historia, Paula comenzó a seguir personas y recuerdos. Primero preguntó a conocidos de su padre. Una conversación condujo a otra hasta obtener el nombre de Carlos Enrique Rodríguez, “Calique”. Con ayuda de una vecina de Buenos Aires de Palmares logró visitarlo en su casa.
Durante esa conversación apareció otra pieza fundamental: el nombre de Manuel González Appel. A partir de ahí continuó investigando y reconstruyendo el origen de una propiedad que había conocido durante toda su vida, pero que ahora observaba desde una perspectiva completamente diferente.
Una casa que también envejece. Casi medio siglo después, conservar los elementos originales supone uno de los principales desafíos. Hay piezas de madera afectadas por comején, cerámicas quebradas, grifería desgastada cuyos repuestos ya no se consiguen, además de goteras, fugas y otras necesidades propias de una construcción de esta antigüedad.
Esa situación fue precisamente una de las razones que llevó a Paula y a su familia a retomar directamente el manejo de la propiedad en 2026. Su intención no es congelar la casa en el tiempo, sino intervenirla respetando el lenguaje con el que fue concebida. “Mi propuesta es darles el mantenimiento necesario el tiempo que sea posible, hasta que lastimosamente haya que cambiarlas”, explica.
Cuando sustituir algún elemento resulte inevitable, espera hacerlo manteniendo la estética y calidad de la construcción. “Sé que heredé los ojos de mi papá, entonces no me preocupa porque va a ser como escribir una nueva historia con la misma intención que tenía él, a través de nuevos materiales”.
Hay algo, sin embargo, sobre lo que Paula mantiene especial cuidado: la madera. Las vigas, artesonados y pisos son para ella algunos de los elementos más representativos de la casa y cualquier intervención debe considerar que una perforación o modificación puede ser irreversible.
La propiedad fue concebida originalmente como residencia de la familia Rodríguez y, tras permanecer cerrada durante varios años, inició posteriormente una nueva etapa vinculada con la hotelería. William Rodríguez estuvo al frente del hotel hasta su fallecimiento en 2019. Paula y su madre, Karen Carballo Santamaría, continuaron con el negocio durante un tiempo, hasta que la pandemia obligó a cerrar. Posteriormente la propiedad fue alquilada.
En 2026, Paula decidió regresar. Pero su intención ahora va más allá de recuperar el funcionamiento del hotel. Quiere que Casa Blanca se convierta en un espacio que permita a los propios palmareños y habitantes de Occidente descubrir una propiedad cuya historia ha permanecido, en buena medida, escondida detrás de sus puertas.
“Quiero que esta casa sea un punto de encuentro principalmente para las personas de Occidente, que conozcan este lugar que es de todos y muchos pasan al frente sin saber lo que hay dentro”, señala.
El hospedaje continuará siendo parte de Casa Blanca, pero la nueva propuesta contempla aprovechar sus diferentes espacios para actividades, reuniones, proyectos, experiencias y posibles iniciativas gastronómicas.
Por esa razón, Paula decidió no limitar su identidad al nombre de “Hotel Casa Blanca”.“Quiero hacer absolutamente todo. Me encantaría tener un poquito de cada cosa en este mismo lugar”, asegura.
Los secretos que no aparecen en ningún plano. Con los años, William Rodríguez realizó modificaciones e ideó sistemas particulares para el funcionamiento de la propiedad. Algunos no quedaron registrados en planos ni manuales.
Ese conocimiento permanece en una persona. Se trata de Bernal Sancho Gutiérrez, quien comenzó a trabajar con “Seco” hace aproximadamente 25 años, permaneció a su lado hasta sus últimos días y actualmente continúa acompañando a Karen y Paula. Para ellas, su conocimiento es fundamental para entender una casa que, con el paso de las décadas, desarrolló sus propias particularidades.
Así, preservar Casa Blanca implica algo más que restaurar madera, reparar una pieza italiana o conservar un artesonado. También supone recuperar testimonios y reconocer a quienes participaron en su construcción, transformación y mantenimiento.
Casi medio siglo después de que comenzara a levantarse entre potreros, la casa sigue en pie y entra ahora en otra etapa de su historia. Esta vez, con sus puertas orientadas no solo hacia quienes buscan hospedarse, sino también hacia una comunidad que tiene todavía mucho por descubrir detrás de ellas.
“No se están hospedando simplemente en un hotel, sino en una casa acogedora, con personalidad propia, historia, mucho esfuerzo e inversión”, resume Paula.







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