
ARTE Y CULTURA | “El sabanero es una figura icónica en la memoria colectiva de Guanacaste. Considerado como el señor de las sabanas, fue el que se desplazó habilidoso por los llanos y las montañas. Experto lazador, vaquetero, montador insigne, arriador de interminables y solitarios caminos; con cuernos y canciones convocaba a los animales a la fierra, al corral, a los baños; y a las largas travesías rumbo al norte o al centro del país”, describe María Soledad Hernández, en su investigación para el Centro de Patrimonio Cultural.

Cuando el Partido de Nicoya decidió unirse a la República de Costa Rica en 1824, ya ese territorio, conformado por los actuales cantones de Nicoya, Liberia, Santa Cruz, Carrillo y La Cruz, estaba perfilado hacia un desarrollo económico basado en la hacienda ganadera; espacio de aprendizaje, trabajo y ocio del sabanero.
Cuenta “Wicho” Pizarro, boyero liberiano, que: “después que terminaba la vaquiada, todos los sabaneros hacían la monta en el corral, porque los corrales eran de piedra, y había una ventaja o desventaja, y era que ocho días antes de que comenzara la vaquiada, los sabaneros mataban un zopilote y lo guindaban en una rama que había en el corral. ¿Usted sabe ese zopilote… ocho días antes ahí…! ¿Cómo estuviera ese zopilote! Y el sabanero que lo trepaban y le restregaban la cara con el zopilote y no lo dejaban bañarse hasta que fuera las cuatro de la tarde. Si a la cocinera se le agriaban los frijoles: ¡Iba para el zopilote! y si el mandador llegaba sin plata o le hacía falta plata: ¡también! y si el patrón llegaba y hacía algo, también lo encajaban. Nombraban un juez y cuatro policías, que eran los que decían: trepen a fulano, trepen a sutano, ¡no le perdonen nada!”.
El zopilote era un juego que se daba sobre todo en la vaquiada y la fierra, cuando se arreaba y se marcaba el ganado. Luego, era el tiempo para divertirse, presumir habilidades e impresionar a las mujeres. Por la tarde noche se cantaba, se bailaba y se tomaba vino de coyol en un ambiente festivo.
El sabanero ha sido un portador de cultura a través de generaciones en buena parte gracias a estos espacios de trabajo y ocio. Así lo constata Hernández: “La comprensión de su vida, de su entorno, de su interacción con la naturaleza y con los animales en las haciendas, constituye un hecho relevante para la recuperación de la historia local, una historia que tiene mucho para ofrecer y mucho más que decir sobre la constitución de la identidad de la región y de su continuidad a través del tiempo”.
Fuente: M. Hernández, Tope de Toros de Liberia: Resignificaciones desde la historia, voces de la memoria, publicación inédita del Centro de Investigación y Conservación del Patrimonio Cultural, 2018.





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