Circunstancias de la cultura

«La cultura se encuentra siempre en un estado comatoso, a pesar de que la fundó el espíritu de grandes personas que vivieron en el pasado. Lo que ocurre es que el presente no es el pasado. Así pues, la sabiduría del pasado se deteriora o se caduca, como reflejo de las genuinas diferencias que existen entre las condiciones del presente y las del pasado.»

                                                                                                          Jordan B. Peterson

Wílmer Oconitrillo Espinoza | w.oconitrillo@oconitrillo.com

CULTURA | Hace algunas décadas, una pulpería era un centro neurálgico de una comunidad, congregaba voces, saberes, juego, música, todo de un lado del mostrador. Del otro: el comercio pasaba a un segundo plano. También hace algunos años, una revolución tecnológica y acelerada en demasía, avasalló nuestra sociedad. Enlistar las posibilidades que esto trajo consigo, es tarea ardua y casi inútil considerando que en pocos meses quizá estén superadas: los teléfonos inteligentes, la televisión por pago, las redes sociales…

Bien anota Peterson: el presente no es el pasado. Por simple que parezca la frase, contiene un significado importante y demanda reflexión. Las generaciones jóvenes no están tan interesadas en la socialización, al menos no la física y presencial, se ocultan tras una pantalla que les ofrece un metauniverso, entre audífonos con aislamiento de ruido y, de ser posible, la intimidad de su habitación. Siempre existirá la excepción a la regla, pero esta realidad —como si fuera un virus— contagia a diversos estratos sociales y rangos de edad. No es cosa extraña llegar a la reunión familiar y encontrar a la abuela, al tío, hijos, nietos y bisnietos clavados en sus dispositivos electrónicos.

No se puede negar que la oferta moderna es atractiva: regresar a la casa después de lidiar con trabajos cada vez más sobrecargados —lo cual también es tendencia—, desatarse de todos los atuendos para ponerse cómodos, pedir un expreso de comida, tirarse al sofá y encender un mundo interminable de opciones para ver en la pantalla gigante que cuelga como obra de arte en una pared, eso o manternese presentable para volver a salir a la calle y dirigirse hacia alguna propuesta cultural, artística, musical u otra que, sí o sí, implicará algún costo económico, de transporte, alimento o taquilla; estas son algunas razones por las cuales la cultura está en coma.

Por esto es fundamental la reflexión, porque solo quien ve y objetivamente acepta la realidad puede, de manera valiente, enfrentarse al declive.

Nunca la experiencia unilateral de las pantallas, por sofisticadas que sean, superarán la vivencia del arte. Sentarse en un auditorio para permitirse las sensaciones de los instrumentos musicales, de la voz de un cantante o un narrador, de la interpretación de una obra teatral o danza, serán siempre experiencias que penetran en el ser y le vinculan, le transforman desde su espíritu y el espíritu, a su vez, se nutre; y es esta la escencia de la cultura, que incluso sana por la estimulación del hemisferio derecho de nuestro cerebro que corre el riesgo de quedar adormecido por los otros estímulos virtuales que sirven todo en bandeja, sin permitir que el receptor aporte al proceso, ni siquiera imaginando.

Como narrador oral escénico, he vivido la experiencia de viajar con el público, de trasladarnos juntos sobre la cadencia de las palabras que crean todo lo que nombran, de recibir un abrazo de un desconocido del público, de que los niños brillen con los cuentos y enterarme que llevan esa satisfacción, y su versión de lo que escucharon, a sus casas. Al igual que en una exposición o charla, donde se logra distinguir, entre las miradas del público, quiénes se desconectan completamente del tiempo presente, para estar sumergidos en la escucha atenta. Así en un concierto, así en cualquier otro performance, porque son experiencias bilaterales, realmente inmersivas. Sanan por su capacidad de abstracción, en ese viaje por las emociones, por lo profundo del ser; en el mejor de los casos se encuentran soluciones que no es posible hallarlas desde el consciente o la razón, sino desde el mundo de las cosas sin nombre al que nos lleva el arte.

La realidad presente es, entonces, un reto para los gestores y artistas. Así como la tecnología invadió la cotidianidad, corresponde que el arte permee en la tecnología sin malograr su inherencia. Como la montaña va a Mahoma, la cultura artística puede, además de filtrarse inteligentemente en el ámbito tecnológico, también como una opción importante, salir de los grandes escenarios, ir a donde en pocas o nulas ocasiones ha tenido alcances: en los salones comunales, en las plazas de los territorios alejados, en las aulas de las unidocentes, en esos espacios las audiencias recibirán al artista con los brazos abiertos y con profunda gratitud, —lo expresó desde la experiencia—. Son espacios sedientos de arte, caldo de cultivo.

Se dice que existen más de 150 definiciones de cultura, así de amplio debe ser el alcance visto desde la óptica de las artes: escénicas, musicales, literarias, plásticas, pero también responsablemente, por el bien de nuestras sociedades y generaciones in crescendo, volver la mirada sobre las posibilidades que nos circundan, apagar las pantallas y permitirnos sentir arte, incluso por salud.

El presente no es el pasado. La resistencia al cambio es arma de dos filos, pero también es evidente que ha sido la constante: «el video mató al artista de radio» dice la canción, luego otro invento socavó la televisión gratuita. La música ha pasado por variedad de formatos, cada uno sustituyendo al otro, y en cada momento histórico ha correspondido adaptarse. Entonces: o nos adaptamos y avanzamos, o nos quedamos encallados, en estado de coma.

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